MMXVII
La sala de espera palidecía bajo una lámpara moribunda. Eran las 6:15 p.m. y, aunque tenía más hambre que sed, desenrosqué la botella y acabé con el agua que quedaba de un largo trago. “Pasajeros con destino a Santa Rosa, favor de aproximarse al andén número nueve”, repitió tres veces el altavoz redondo y blanco incrustado en el techo. Fui el último en formarse: éramos solamente once personas. Antes de entregar mi boleto, titubeé. ¿Era sensato abandonar la ciudad de esa manera tan repentina? No obstante, recordé al instante a Irene, nuestra agria ruptura y el suplicio de las últimas semanas. Resuelto de nuevo, abordé el autobús.
Mi plan: llegar a Santa Rosa, realizar el transbordo y estar en el puerto antes de la media noche. Me alojaría varios días en casa de unos tíos en lo que encontraba dónde vivir y, luego, ya pensaría qué hacer. Fueron tres horas de carreteras yermas, cerros impávidos y un viento iracundo. A las afueras de la ciudad, un accidente automovilístico generó un embotellamiento que prolongó una hora más el viaje.
“El autobús salió hace quince minutos”, me indicó insípidamente una empleada desde el otro lado del mostrador. Miré la pantalla sobre ella; los autobuses hacia el puerto salían dos veces al día: el primero a las 9:00 a.m. y el otro a las 10:00 p.m. Mecánicamente, guardé en el bolsillo de la camisa el puñado de billetes con que me disponía a pagar y me alejé resignado.
Acostumbrado a la inmensidad de la capital, la ciudad me pareció peculiarmente silenciosa. Exploraba las calles del centro con la intención de encontrar algún hotel económico donde pernoctar cuando, tras girar en una esquina cuarteada, alguien me empujó contra un auto estacionado junto a la acera.
Al momento sentí la punta helada de un cuchillo palpar la piel de mi yugular. El diálogo exacto es borroso ahora, pero recuerdo nítidamente haber escuchado que pronunciaban la palabra «rápido» detrás de mí varias veces. Un hombre me sometió, mientras otro me despojaba de la mochila, la cartera y el celular, y un tercero vigilaba a unos metros de distancia. Después de acabar con el asalto, los vi alejarse por en medio de la calle apagada como hienas victoriosas.
Volví a caminar, ahora impulsado únicamente por el encono y la pena, sin rumbo hasta que la fatiga me detuvo. Me paré en seco y el aire denso y húmedo, presagio de una tormenta inminente, me golpeó en el rostro. El polvo se coló en mis ojos y, casi por instinto, metí la mano en el bolsillo de la camisa en busca de un pañuelo; los billetes que había guardado en la central de autobuses seguían ahí.
Encontré un hotel anacrónico y polvoriento pero muy barato. Quise dormir inmediatamente para concluir de una vez con esa noche desgraciada; sin embargo, mi cabeza era un bullicio y el hambre se había recrudecido. Aunado a esto, el ruido leve pero constante de la música proveniente de un bar al otro lado de la calle atizó mi vigilia. No tardé en decidirme: aparté la cantidad necesaria para el boleto hacia el puerto, la guardé debajo del colchón y salí.
Me senté en la barra y ordené una pinta de cerveza y una hamburguesa. Inspeccioné el lugar velozmente: la concurrencia era escasa y la mayoría de los clientes parecían adormilados. Tras comer, me quedé absorto un buen rato, pensando en Irene y en la urgente necesidad que sentía de contarle sobre el asalto, algo que, en otro tiempo, habría sido mi primera reacción. Sin embargo, esa época ya había terminado.
Cuando giré, un hombre sentado sobre el taburete paralelo al mío ya me estaba hablando.
—¿Disculpa? —dije.
—Encendedor —aclaró.
Le alcancé el artefacto. No obstante, pareció no prestar atención a mi movimiento; su interés se había dirigido hacia mi cuello.
—Te está saliendo sangre —señaló con el índice.
Palpé la zona y, al mirar mis dedos, corroboré su advertencia. En el lavabo enjuagué la pequeña herida y luego la cubrí con un pedazo de papel higiénico. Volví a la barra dispuesto a beberme la cerveza que recién había ordenado e irme enseguida.
—Me asaltaron —expliqué al hombre ante su mirada de incertidumbre y, luego, de un sorbo terminé con la bebida que quedaba.
El hombre, apuntando en mi dirección, ordenó otra pinta en el acto y se acercó. Inicié relatando el atraco, después expliqué cómo había quedado varado en esa ciudad e, infestado de sinceridad, hablé sobre mi malograda última relación. Roberto (así se llamaba el hombre) escuchó con atención asintiendo y emitiendo sonidos acordes a lo narrado. Cuando tomó la voz, mostró una elocuencia tal que, de no ser por su mirada aletargada y sus movimientos torpes, hubiera pensado que estaba sobrio. Comenzó a contarme cómo, tres meses antes, había sufrido algo similar en un puente peatonal de una avenida cercana. Tras describir minuciosamente las escaleras que ascendió por primera y última vez aquella noche, se calló abruptamente y se quedó mirando hacia la entrada del bar. Un hombre de aire enfermizo se aproximó, saludó a Roberto y luego se presentó estrechando mi mano: su nombre era Damián.
—Nada más llegaron dos de estas —explicó Roberto tras entregarle un pequeño estuche negro aterciopelado.
Damián extrajo una estilográfica dorada con acabados de caoba y la examinó detenidamente. Roberto le tendió una libreta cuadrada y el hombre anotó una frase en cursivas que, debido a mi ubicación, no alcancé a leer. Enseguida, sacó varios billetes y se los entregó uno por uno antes de despedirse. Continuamos la charla hasta que, apenas unos minutos después, Damián volvió.
—Me llevo la otra también —indicó sentándose en el mismo lugar que antes.
—No la tengo aquí, pero te la puedo entregar mañana.
—Voy a salir de viaje, tendría que ser temprano…
—Te la llevo a tu casa a primera hora.
—Bien —tomó la libreta y anotó la dirección —. Caminas por esta calle hasta el semáforo —dijo apuntando con el brazo— y das vuelta a la izquierda. Es la quinta casa. La única de fachada blanca —aclaró.
—¿Un trago? —dijo Roberto mientras leía las letras negras.
Damián negó con un gesto y se despidió nuevamente, pero esta vez no salió del local. Se quedó de pie junto a la entrada, mientras la lluvia, colérica, hacía su aparición. Roberto le indicó con la mano que se acercara de nuevo y así lo hizo.
Volví a contar la historia del asalto ante la mirada atribulada de Damián. Aquel semblante, sin embargo, no era producto de mi relato, sino que ese hombre famélico poseía una expresión perpetua —según fui notando— de aflicción. Aunque era un sujeto cortés en todo momento, mientras yo hablaba percibí esa mirada vacía de los que fingen escucharte cuando realmente están insertos en pensamientos propios. Noté, además, que sudaba excesivamente pese al clima fresco y que tosía levemente pero con frecuencia.
Desconozco cuánto tiempo estuvimos juntos los tres, pero, cuando terminamos la curda, éramos los únicos clientes del local y la tormenta se había deformado en una tenue llovizna. A diferencia de Roberto, quien parecía ser un ebrio avezado que logró mantener el porte en todo momento, Damián terminó tan desaliñado como si hubiera estado el día entero bebiendo.
Al salir a la calle, caminamos unos metros hasta que Damián tropezó aparatosamente y cayó de bruces. Lo levantamos y, después de corroborar que no tuviera alguna herida, recogimos monedas y billetes arrugados que quedaron esparcidos por el piso.
—¿Falta algo más? —pregunté.
—La llave —dijo Damián tras examinar los objetos que le entregamos.
Roberto, auxiliado por la lámpara de su celular, examinó la zona sin encontrar nada más. Damián se quedó pensativo un momento y luego musitó:
—Voy a usar la otra.
Hurgó en su cartera y de una ranura sacó una llave plateada y alargada. Luego se despidió mostrando el dorso de la mano izquierda y comenzó a caminar.
—No, me voy solo —dijo cuando Roberto lo alcanzó.
Roberto se quedó inmóvil mientras el otro se alejaba unos metros. Luego, comenzó a seguirlo discretamente. Mientras los veía alejarse calle adentro, la brisa arreció de nuevo y opté por volver al hotel; sin embargo, tras dar unos pasos, pisé un objeto: era una llave.
Unos golpes en la puerta me devolvieron a la vigilia. Aún somnoliento, abrí: era la recepcionista, quien, hostilmente, me indicó que tenía que dejar la habitación. Pedí la hora: el autobús de la mañana había partido ya.
Me calcé, saqué los billetes ocultos, me lavé la cara y dejé el cuarto. Afuera, había escampado, pero un cielo gris y turbulento presagiaba otra tormenta potente. Maldije mi descuido y me pregunté qué haría durante las horas venideras. Al fin, caminé hacia el bar; estaba cerrado. Me quedé de pie, en el mismo sitio donde horas antes había visto alejarse a Roberto y Damián y recordé la llave. Aunque quizá no fuese suya, la usaría de pretexto para visitarlo y refugiarme por lo menos un rato.
Cuando giré en el semáforo —según las indicaciones que había oído en la víspera—, fue sencillo ubicar la que, efectivamente, era la única casa de fachada blanca en toda la hilera de viviendas. Crucé la cochera desocupada alfombrada de hojas de álamo y polvo. La puerta, flanqueada por dos ventanas cuadradas simétricas, tenía grabado el número de la casa bajo el sistema romano: MMXVII. Timbré varias veces, pero no obtuve respuesta. Fue entonces cuando, súbitamente, recordé que Damián había mencionado un viaje.
Retorné a la esquina de la calle con la idea de interceptar un taxi. Esperé un tiempo considerable sin éxito. De entre los escasos vehículos que circulaban por la zona, ninguno era del tipo que buscaba. En cambio, lo que apareció en el horizonte fue un trío de individuos que avanzaba a prisa en mi dirección. Uno de ellos me miró fijamente y luego me apuntó; enseguida, los otros dos también pusieron su atención en mí. Sin esperar a que estuvieran lo suficientemente cerca como para averiguar si eran los mismos de la noche anterior, huí.
Guiado por el impulso, volví a la casa e introduje la llave esperando que correspondiera. La puerta se abrió. Permanecí quieto tras la entrada y desde ahí me llegó el ruido cada vez más cercano y veloz de unas pisadas. Cuando pasaron por fuera de la casa, rogué para que no se detuvieran y, afortunadamente, así fue. Al fin, se alejaron y su sonido se diluyó entre el ruido de la lluvia que ya arreciaba.
Lo primero que me llamó la atención de la casa fue la penumbra que la abrazaba. Las ventanas estaban tapiadas con tablas clavadas verticalmente y la poca luz que iluminaba el espacio era la que se filtraba por el resquicio de la puerta.
Tras buscarlo a tientas, finalmente encontré el interruptor. Al presionarlo, un foco amarillento iluminó la sala, que se componía de un sofá pardo, un televisor obsoleto y varios cuadros colgados en la pared lateral izquierda. Todos carecían de figuras humanas y mostraban paisajes, animales u objetos, excepto dos. Ambos eran retratos de Damián.
En uno de ellos posa sentado sobre una silla de madera, descalzo y con los brazos cruzados. Viste totalmente de negro y mira lacónicamente hacia el piso. La habitación en la que se encuentra está desnuda, salvo por una cortina color vino a sus espaldas que se ve solo parcialmente. En la otra pintura aparece en el mismo sitio, pero ahora de perfil, saco azul marino y corbata gris, con el brazo izquierdo recargado en algo que está fuera de cuadro. Sin embargo, se trata de un Damián anciano con el pelo largo y cano que, extrañamente, tiene abierto solamente un ojo.
Afuera, el aguacero se desató y quise entreabrir la puerta para medir su magnitud, pero al aproximarme advertí que no había manilla. Utilicé la llave. En el exterior, el agua caía densa y turbulenta sacudida por el aire. Me senté en el sofá, pero no lograba tranquilizarme. Los constantes relámpagos y el lóbrego ambiente acrecentaban el nerviosismo de saberme un intruso. En medio de los tronidos, un sonido me inquietó aún más. Oí claramente que alguien, en la planta de arriba, chistó. Miré hacia la escalera al otro lado de la pieza; era estrecha, empinada y sin pasamanos.
Había asumido precipitadamente que Damián vivía solo en esa casa, pero si no era así y había alguna persona en el otro piso, pronto notaría —si es que aún no lo había hecho— mi presencia. Me puse de pie dispuesto a huir. Simultáneamente, el foco empezó a oscilar entre bajadas y subidas de iluminación paulatinamente más aceleradas. Luego, volví a escuchar el mismo sonido de antes, pero ahora seguido por otros dos: pisadas y un singular cascabeleo.
Lo primero que vi descender por la escalera fueron los pies rosáceos; luego, las piernas y el torso cubiertos por un pantalón y una camisa del mismo blanco desvaído. Reconocí el rostro al instante: era el Damián anciano, el del retrato. Me miró fijamente con su único ojo abierto teñido de insania. Cargaba algo con su brazo izquierdo: un gato gris de cuyo pescuezo colgaba un cascabel. Quise decir algo, pero mi boca entumeció. Atravesaron el espacio que nos separaba con sigilo, calculando cada paso. Cuando se acercaron más, observé detenidamente a la criatura y fue entonces cuando comprendí que no era un gato, sino una rata grande y robusta. Entendí, también, que él no era un anciano, sino un hombre albino.
Corrí hacia la puerta, tratando de salir rápidamente; sin embargo, al intentar abrirla recordé que no tenía manilla. Saqué la llave del bolsillo del pantalón, pero no logré introducirla; estaban ya justo detrás de mí. Empujé al hombre con el brazo (sentí el roce de los bigotes de la rata sobre mi piel) y huí hacia las escaleras. Subí a toda prisa, escalando varios peldaños a la vez, hasta llegar a un pasillo estrecho que desembocaba en un muro con una ventana redonda clausurada también con dos tablas cruzadas. Del lado izquierdo distinguí dos puertas; la primera no abrió, la segunda sí.
La habitación estaba repleta de penumbra. Aguardé de pie junto a la entrada pronosticando la pronta aparición del hombre en el pasillo; sin embargo, no dio indicios de haber ascendido. En primera instancia, solamente oía mi respiración agitada y turbulenta y el rumor de la tormenta en el exterior. No obstante, pronto noté varios chirridos dispersos por el espacio frente a mí. Eso y el olor animal que impregnaba el sofocado ambiente me hicieron adivinar que no estaba solo. Palpé desesperadamente la pared que bordeaba la puerta buscando el interruptor y rezando para que aquellas alimañas no se acercaran a mí. Conforme pasaban los segundos, notaba que los seres se agitaban y mi nerviosismo crecía. Saqué el encendedor y, tras varios intentos, la llamarada me dejó ver que, frente a mí, había decenas de ratas, de distintos tamaños y tonos, amarradas de las patas con pequeñas cadenas herrumbradas a clavos incrustados en el piso. Algunas hicieron el ademán de huir, otras se levantaron sobre sus patas traseras, husmeando, y varias, las más grandes, comenzaron a pelar los dientes iracundas.
Intenté soportar en mi escondite lo más que pude, pero sentía demasiado temor y repulsión. Entreabrí la puerta para cerciorarme de que no hubiera nadie en el pasillo. Por la poca luz que se filtraba a través de un hueco en la ventana tapiada al fondo, pude ver que, cuando menos la zona de mi campo de visión estaba libre. Sin embargo, supuse que el hombre estaría escondido, al acecho en cualquier hueco de la casa, esperando mi aparición. Decidí arriesgarme. Caminé hacia la escalera sigilosamente y fui bajando con aún más mesura. Cuando llegué al rellano donde la escalera cambiaba de dirección, vi su perfil: estaba en el primer escalón, de pie y recargado sobre el muro. La rata me detectó y quiso lanzarse sobre mí, pero él la detuvo sujetándola de la piel junto a la nuca. Enseguida, el albino, sin soltar a su animal, comenzó a recorrer lentamente los escalones en mi dirección. Volví a subir, aunque sabía de antemano que estaba acorralado.
No entré en la habitación abierta —el miedo me impedía volver allí—. En su lugar, avancé hasta la orilla del pasillo y aguardé, empuñando la llave con fuerza y apuntando con la punta hacia mi perseguidor. El hombre —sin parpadear, con su ojo pavoroso clavado en mí— y la rata —furiosa todavía— se acercaron lentamente, con pasos cada vez más pausados, hasta quedar a un metro de distancia. Se detuvieron y él apuntó con su índice largo y rosado hacia la llave y luego extendió la palma. Era mi única arma, pero estaba tan aturdido y atemorizado que se la entregué sin resistencia. Tras esto, se giró y se dirigió hacia la habitación abierta.
Fueron segundos de un desconcierto atroz que me hundió en la parálisis. Quieto, contemplé cómo el hombre reaparecía en el pasillo, pero ahora flanqueado por un enjambre de ratas que, como si estuvieran hipnotizadas, descendían junto a él por las escaleras. Aún estático, desde mi sitio oí sus pasos entrelazados con los murmullos de las criaturas y, luego, el quejido del cerrojo al abrirse. Finalmente, me volví y, a través del delgado resquicio entre las tablas que sellaban la ventana, contemplé a aquel sujeto insólito correr por la cochera, para luego perderse por la calle empapada, escoltado por un séquito de obedientes ratas.
En el tiempo ulterior intenté estérilmente encontrar coherencia en lo ocurrido en ese viaje lóbrego. Creé, analicé y descarté varias explicaciones buscando afanosamente reconciliarme con la razón. Sin embargo, siempre había un sedimento de irrealidad en el recuerdo del incidente. Por el temor a ser señalado de lunático, opté por callarme y dejar que el evento se hundiera en el olvido.
Me afinqué en el puerto y de ahí no me moví por varios meses. Después de ser huésped de mis tíos algún tiempo, alquilé un cuarto al que me mudé una mañana seca y blanca de febrero. Mientras barría el polvo de la habitación, me topé con un montón de periódicos apilados en una esquina; todos eran ediciones del último año de un diario regional. Revisé rápidamente sus portadas, hasta que un titular atrapó mi atención: «Identifican cadáver de hombre albino encontrado en túnel vehicular de Santa Rosa». Aparecía justo debajo de la noticia principal del día. Me dirigí a la página de la nota y leí:
«El hombre albino, cuyo cuerpo sin vida fue hallado el 1 de diciembre pasado en un túnel de la Avenida Lago del Sur en Santa Rosa, ha sido identificado. Se trata de Álvaro Lugo, quien permanecía desaparecido desde hace cinco años, según revelaron fuentes oficiales. La causa de muerte ha sido atribuida a complicaciones derivadas de una infección de tifus murino, enfermedad transmitida por pulgas de roedores. Como se informó previamente, se presume que el hombre dormía regularmente en una galería de servicio aledaña al túnel, lugar donde proliferan las ratas y en el que se hallaron sus restos. Debido a la evolución cadavérica, se desconoce la fecha exacta de la defunción, pero se calcula que pudo haber ocurrido entre el 11 y 17 de noviembre. Damián Lugo, hermano gemelo del difunto, es el único familiar localizado hasta el momento y, al cierre de esta edición, se ha negado a emitir cualquier declaración al respecto.».
Intempestivamente, cerré el periódico. El incidente había ocurrido —lo recordaba con una nitidez casi dolorosa—el 14 de noviembre. ¿Había estado frente a un vivo… o frente a un muerto? Comprendí que estaba condenado a la incertidumbre. Una presencia capturó mi atención. En el umbral, una rata me observaba fijamente con una quietud pavorosa.
FIN



Comentarios
Publicar un comentario